IV Conferencia Mundial de la Mujer

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marzo 17th, 2015

Por Moni Pizani

Hace veinte años, cuando más de treinta mil mujeres de todo el mundo nos reunimos en Beijing en la IV Conferencia Mundial de la Mujer, fue un momento que marcó la vida de muchas personas. Muchas de nosotras, que luchábamos desde nuestros países nuestras aparentemente pequeñas batallas, nos dimos cuenta que no estábamos solas, que éramos miles de mujeres de todo el mundo las que llevábamos estas banderas de la igualdad, de la democracia y de los derechos de las mujeres.

Mirando hacia atrás, está claro que se ha avanzado mucho con respecto al pleno ejercicio de los derechos de las mujeres en América Latina particularmente. Aunque no hemos avanzado como nos gustaría (siempre buscamos más), hay avances realmente significativos; por poner algunos ejemplos, en 1995 la participación de las mujeres en la política era un sueño que parecía inalcanzable, antes la lucha era porque se considere a las mujeres en las contiendas electorales y hoy exigimos paridad en los espacios de toma de decisiones.

Veinte años atrás la atención para las mujeres víctimas de violencia era un servicio que prestaban algunas organizaciones de la sociedad civil; hoy exigimos que el Estado asuma su responsabilidad como garante del derecho de las mujeres a gozar de una vida libre de violencia y, por lo tanto, a prestar servicios de atención, reparación y restitución a las víctimas de violencia basada en género, así como a desarrollar una normativa que vaya en concordancia con los textos constitucionales y la normativa internacional, y que se comprometa a no permitir que se queden en la impunidad los casos de violencia basada en género.

Todo el avance que se ha alcanzado en el diseño e implementación de leyes y normas para sancionar y detener la violencia contra las mujeres se derrumba cada vez que un caso de violencia de género se queda impune, desde hechos de violencia aparentemente “simples”, hasta el femicidio como expresión última de la violencia contra las mujeres.

Es decir, hay cosas que sí han cambiado pero tenemos todavía temas pendientes como el cumplimiento cabal de las leyes, el acceso a los mercados laborales, el techo de cristal, la desigualdad salarial por igual trabajo y la diferencia en horas/trabajo entre mujeres y hombres. Hay brechas que aún se deben cerrar. También han surgido nuevos retos; hace veinte años no podíamos imaginar que llegaría el momento de exigir el igual acceso a las tecnologías, por ejemplo.

Este es el momento en la historia en la cual debemos, de una vez por todas, entender que la igualdad la debemos construir entre hombres y mujeres, que no se trata de endosar esta batalla solo a la mitad de la humanidad. Cuando las mujeres y los hombres puedan ejercer sus derechos en un pie de igualdad, las condiciones van a cambiar para todas y todos; vamos a poder desarrollarnos libre y plenamente.

Es urgente invitar a la mesa a todas las actoras y actores -mujeres y hombres de todas las edades- porque es necesario hacer transformaciones profundas en nuestros esquemas mentales, en nuestras estructuras sociales, en nuestras relaciones y en nuestras formas de transmitir y reproducir la cultura. El equilibrio entre mujeres y hombres sólo es posible si es que tomamos el camino de la transformación y ese camino debemos andarlo mujeres y hombres.

El derecho a vivir libres de violencia y de estereotipos es un derecho de las mujeres y de los hombres. El día que aceptemos socialmente que hemos educado hombres sobre la base de un estereotipo del cual se pueden liberar, las condiciones de vida de las mujeres van a cambiar de inmediato, pues entenderemos al fin que tenemos los mismos derechos y que las sociedades más igualitarias son más justas, más solidarias y, en definitiva, más felices.

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